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Ignorante a mucha honra

16 de julio de 2026 por
Ignorante a mucha honra
ADRIAN SANTIAGO PEREZ SALAZAR

Artículo originalmente publicado en El Universo

Vivimos en una época paradójica. Nunca antes la humanidad había tenido acceso a tanta información, y nunca antes había parecido tan dispuesta a desconfiar y atacar a quienes dedican su vida a producir ese conocimiento. La creciente corriente anti-intelectual no consiste simplemente en cuestionar a las autoridades, algo saludable en una sociedad democrática, sino en algo más peligroso: la idea de que la ignorancia vale tanto como décadas de estudio.

El historiador Richard Hofstadter ya advertía este fenómeno en Anti-Intellectualism in American Life (1963), una obra que hoy resulta sorprendentemente vigente. Más recientemente, Tom Nichols desarrolló la misma preocupación en The Death of Expertise (2017), donde sostiene que el problema no es la ignorancia como tal, sino el orgullo de permanecer en ella. Como resume este autor, muchas personas han llegado a considerar que rechazar la opinión de los expertos es una forma de afirmar su autonomía y proteger su ego frente a la posibilidad de estar equivocadas.

Las redes sociales han acelerado esta transformación. Antes, las ideas extravagantes permanecían confinadas a pequeños círculos. Hoy, un terraplanista puede encontrar miles de seguidores en cuestión de días, creacionista puede construir una comunidad internacional, y un influencer anti-vacunas puede conseguir más “likes” que un investigador que llevan treinta años estudiándolas. Los algoritmos no distinguen entre evidencia y espectáculo. Premian aquello que genera interacción, y pocas cosas producen más “clics” que una teoría escandalosa.

Sin embargo, reducir este fenómeno a la simple desinformación sería insuficiente. Existe una causa psicológica más profunda. El ciudadano moderno vive sometido a una avalancha constante de datos, estudios, opiniones y noticias contradictorias. Comprender un tema complejo exige tiempo, paciencia y conocimientos especializados, recursos que la mayoría no posee. Más aún, nuestra sociedad tecnológica descansa sobre un entramado de conocimientos complejos y especializados que son imposibles de abarcar por una sola persona. Frente a esa sobrecarga e impotencia, resulta tentador adoptar una salida emocional: declarar que los expertos mienten o no saben nada.

Paradójicamente, la ignorancia deja entonces de ser una limitación para convertirse en una identidad. No saber produce orgullo. Si todo conocimiento especializado puede ser descartado como “una opinión más”, cualquiera puede sentirse a la altura de un científico, un economista o un historiador.

La psicología ha descrito este fenómeno desde hace décadas. El llamado efecto Dunning-Kruger muestra que quienes poseen menos conocimientos en una materia suelen sobreestimar su propia competencia precisamente porque carecen de las herramientas necesarias para reconocer sus limitaciones.

Quizá el mayor riesgo de nuestro tiempo no sea el exceso de información, sino nuestra creciente incapacidad para distinguir entre quien simplemente tiene una opinión y quien ha dedicado una vida a comprender un problema. Una democracia necesita ciudadanos críticos, pero también ciudadanos capaces de reconocer que, en un mundo extraordinariamente complejo, la humildad intelectual no es una debilidad. Es una condición indispensable para acercarnos a la verdad.